Colaboración especial: Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de Letra Roja.
La violencia no da tregua. Los homicidios siguen, las desapariciones se acumulan, los despojos se tornan cotidianos y la economía resiente cada día más los estragos de una crisis que no tiene fin. Sin embargo, para buena parte de la clase política sinaloense, la prioridad es otra: la sucesión, las candidaturas y el reparto anticipado del poder.
La fiebre electoral se ha apoderado de los partidos mucho antes de que los ciudadanos vean respuestas a los problemas que realmente les preocupan. Mientras las calles reclaman seguridad, los políticos están inmersos en una competencia prematura por posicionarse para la boleta del 2027.
El caso más evidente, el gobierno en turno. A pesar de la compleja situación que enfrenta el estado, la discusión pública se concentra en las licencias, las ausencias y las interpretaciones legales. Para sorpresa incluso de algunos especialistas, se ha cumplido el plazo originalmente otorgado al gobernador, pero desde el Legislativo dejaron abierta una puerta que hoy genera más preguntas que respuestas: una licencia de “30 días y más”. Una figura que no encuentra sustento en la Constitución, pero si se acomoda perfectamente a las necesidades políticas del momento.
El resultado es una percepción confusa para los ciudadanos: Sinaloa parece tener dos gobernadores y, al mismo tiempo, ninguno ejerciendo plenamente el liderazgo que demanda la crisis actual.
Mientras tanto, los intentos de alianzas avanzan entre contradicciones y desencuentros. En el Partido Acción Nacional ni siquiera existe una misma partitura. Por un lado, la dirigencia estatal explora acercamientos con el exalcalde Jesús Estrada Ferreiro; por otro, sectores panistas en Culiacán le cierran la puerta de manera categórica. La falta de coordinación deja claro que las diferencias internas pesan más que cualquier estrategia electoral.
En Movimiento Ciudadano también soplan vientos distintos a los que alguna vez le dieron resultados. El trabajo territorial, la cercanía con las colonias populares y la construcción de bases parecen haber quedado relegados. Hoy la prioridad parece ser agradar a los grupos que tienen influencia interna antes que fortalecer la conexión con los ciudadanos. Una apuesta que puede resultar cómoda en el corto plazo, pero que suele cobrarse en las urnas.
Y si alguien piensa que el PRI aprendió de sus derrotas, la realidad indica lo contrario. El tricolor continúa recurriendo a los mismos perfiles de siempre, muchos de ellos más conocidos por sus derrotas electorales que por sus victorias. Persistir en las mismas fórmulas esperando resultados distintos no es una estrategia renovadora, es terquedad y ambición.
En medio de ese escenario destaca una figura que distintos sectores identifican como una voz opositora consistente: Paola Gárate. Su actividad política ha estado marcada por el señalamiento de errores gubernamentales y la presentación de propuestas, pero dentro de su propio partido parece enfrentar el mismo problema que tantos otros: no encajar plenamente en las decisiones de las élites que siguen controlando la brújula partidista.
Por su parte, el Partido Verde y el PT siguen apostando por una fórmula que les ha resultado rentable: acompañar a quien detenta el poder. Más que consolidarse como fuerzas políticas con identidad propia, han encontrado en las alianzas una vía efectiva para mantener presencia y espacios de influencia.
El Partido Sinaloense, mientras tanto, mantiene un discurso de cautela. Su dirigencia asegura que no es momento de adelantarse y que la prioridad es reorganizar la estructura interna. Sin embargo, las invitaciones llegan desde distintos frentes y nadie descarta que, llegado el momento, el PAS vuelva a convertirse en una pieza codiciada dentro del tablero electoral.
Lo preocupante es que mientras los partidos hacen cuentas, negocian posiciones y afinan estrategias, la realidad sigue avanzando por otro carril. La violencia y crisis no espera los tiempos electorales.
La pregunta no es quién llegará más fuerte a la próxima elección. La pregunta es quién está gobernando hoy.
Porque mientras la clase política se encuentra atrapada en la calentura sucesoria, Sinaloa sigue esperando respuestas.
Mientras tanto, el grillo seguirá cantando, aunque les incomode a más de uno.


