Colaboración especial: Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de Letra Roja.
Así es señores, el hipódromo político en Sinaloa está desbordado. Los caballos ya se soltaron y nadie parece dispuesto a tomar las riendas.
A pesar de resoluciones del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación que obligan a revisar casos como el de Imelda Castro Castro —e incluso a replantear decisiones previas—, la realidad corre por otro carril. Las campañas adelantadas no solo continúan: se han normalizado.
El partido en el poder marcó la pauta. Bajo el argumento de “recorridos” y “asambleas”, dejó claro que los límites legales eran, en el mejor de los casos, flexibles. El resto de las fuerzas políticas, con menor estridencia pero igual convicción, decidió seguir el mismo camino. Hoy, redes sociales, medios y territorio están saturados de posicionamiento anticipado rumbo a 2027.
La oposición, por su parte, ha centrado su narrativa en lo que no se ha hecho desde la llegada del actual gobierno. Y en muchos casos, la crítica tiene sustento. Sin embargo, también ha caído en la misma lógica que cuestiona: promoción adelantada, presencia constante y mensajes calculados. La contradicción es evidente. La contienda ya comenzó para todos, aunque oficialmente no exista.
Más que una competencia regulada, lo que se vive es una carrera sin árbitro. O peor aún: con árbitro que observa, pero no sanciona.
En el Congreso, comienzan a surgir iniciativas que buscan saldar deudas históricas. Destaca la reciente propuesta en materia de feminicidio, urgente en un estado donde la impunidad en delitos sexuales y violencia de género sigue siendo alarmante. Pero el momento también pesa. La iniciativa llega en un contexto abiertamente preelectoral, lo que inevitablemente abre la puerta a la sospecha: ¿convicción o cálculo?
A nivel municipal, el patrón se repite. En Culiacán, uno de los principales focos de violencia, la dinámica política se ha acelerado. El alcalde —antes cuestionado por su ausencia en momentos clave— hoy aparece de forma constante: recorridos, eventos públicos, difusión de obra. El contraste con el ritmo previo es inevitable y deja una impresión difícil de ignorar: el impulso parece responder más al calendario político que a una planeación sostenida.
En los otros partidos, los movimientos también se intensifican. Reuniones con estructuras, acercamientos con liderazgos y mensajes dirigidos a distintos sectores buscan consolidar presencia. No todos con el mismo volumen, pero sí con la misma intención: posicionarse, medirse y avanzar.
En ese contexto, comienzan a perfilarse nombres como Paloma Sánchez Ramos, Mario Zamora Gastélum, Paola Gárate Valenzuela y Noé Heredia, quienes ya envían señales de sus aspiraciones.
En el Partido Acción Nacional, figuras como Roxana Rubio Valdez han dejado ver su interés en competir por posiciones de alto nivel, incluida la gubernatura, mientras que perfiles como Eduardo Ortiz Hernández buscan abrirse espacio en la capital.
El fondo es claro: nadie quiere quedarse fuera.
La política en Sinaloa ha entrado, sin disimulo, en modo electoral. Los tiempos legales dicen una cosa; la realidad, otra. Y en esa lógica, el respeto a la ley pasa a segundo plano frente a la urgencia de figurar.
La contienda rumbo a 2027 ya está en marcha. Sin sanciones visibles, sin límites efectivos y con una clase política que ha decidido correr antes de escuchar el disparo de salida.
Porque al final, en este hipódromo sin reglas, el que no corre… desaparece.
Y el grillo, aunque no entretenga, canta. Y cuando canta, incomoda.


