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lunes, marzo 2, 2026

Entre Vistas: Javier Llausás nos revela un Culiacán que se debate entre la cobardía y el egoísmo

En las palabras de Llausás resuena un desafío brutal pero vital: mirarnos al espejo y reconocer nuestra parte en el abismo. Es retador, sí, porque duele admitir la cobardía que nos ha llevado aquí.

Culiacán

En el vestíbulo de un hotel en Culiacán, donde el eco de un brindis simbólico por el año nuevo aún resuena, el ingeniero Javier Llausás Magaña, presidente del Consejo Culiacán Participa IAP, no se anda con rodeos.

Mientras la ciudad está a punto de cerrar un 2025 marcado por la pugna sangrienta entre facciones de cárteles, Llausás lanza una mirada cruda y sin filtros a la realidad que asfixia a Sinaloa.

En una conversación con el periodista Kevin Chicuate, director de Letra Roja, no ofrece paliativos ni excusas: la violencia no es solo un problema de narcos, sino un monstruo multifacético que devora vidas, y la sociedad culiacanense ha sido, en gran medida, un corresponsal silencioso.

Pero en esa crudeza hay un llamado urgente a despertar, un desafío que podría transformar el caos en un renacer colectivo.

Llausás describe el conflicto como una «medusa de mil cabezas», una metáfora que captura la expansión voraz del crimen organizado. Ya no se trata solo del narcotráfico de antaño, ese mal «concreto» de hace una docena de años.

Hoy, el dinero fluye de ríos oscuros: tráfico de migrantes, robo de combustibles, extorsiones que estrujan a comunidades enteras. Esta hidra genera una violencia que no se limita a Culiacán; se extiende como una plaga por México, donde el 40% de los estados albergan ciudades rankeadas entre las más violentas del planeta.

Michoacán, Guanajuato, Guerrero: nombres que evocan balaceras, desapariciones y un terror que ha normalizado lo inaceptable. «Eso te dice el tamaño del reto que tenemos como país», afirma Llausás, pintando un panorama donde México no es un caso aislado, sino un epicentro global de horror.

Pero el dedo acusador no apunta solo al crimen o al gobierno. Llausás reserva su crítica más afilada para la sociedad misma, esa que ha madurado «a golpes», pero que aún arrastra una inmadurez profunda. «¿Hemos sido cómplices?», pregunta Chicuate. La respuesta es un mazazo: no tanto cómplices, sino cobardes, mediocres y egoístas.

Sinaloa, con sus carreteras de cuatro carriles que conectan costa y montaña, puertos de clase mundial, universidades gratuitas de élite y hospitales modernos, es una tierra de bonanza que ha permitido a sus habitantes conformarse con migajas.

«Es tan noble Sinaloa que nos ha permitido ese grado de bonanza», dice Llausás, pero esa generosidad ha fomentado una mediocridad que ahora cobra factura en sangre.

Los culiacanenses han disfrutado de la prosperidad sin mirar más allá de sus narices, construyendo casas y negocios mientras el crimen se enquistaba. Ahora, en medio del caos, claman al gobierno por salvación, olvidando que «el gobierno nace de nosotros». Es una inmadurez infantil: elegimos a nuestros líderes, formamos las instituciones, y, sin embargo, nos lavamos las manos.

La crudeza se intensifica cuando Llausás aborda el costo humano más desgarrador: los jóvenes. «El que estén abusando de tus jóvenes frente a ti no habla bien de nosotros», sentencia.

El crimen organizado no solo trafica drogas; recluta a la fuerza a adolescentes para ser «carne de cañón» —halcones, guardianes de casas, víctimas de explotación sexual o soldados desechables en una guerra que no entienden. Desaparecen, mueren, y la sociedad voltea la vista. Es cobardía pura: saber que un talento juvenil se pierde en las garras del delito y no competir por él, no dolerse por la falta de becas o educación que podría salvarlo.

Llausás no endulza la realidad; la expone como una herida abierta, un fracaso colectivo que condena generaciones enteras. «Somos cobardes en ese sentido. No hemos sabido defender».

Frente a esta oscuridad, ¿qué salida propone? Elevar el nivel de conciencia, un concepto que Llausás desglosa con precisión quirúrgica. Significa desprenderse del egoísmo, preocuparse por el bien común, ver que pertenecemos a una colectividad y actuar en consecuencia. Rechazar toda violencia y corrupción, resolver problemas desde un plano superior de madurez, no desde la mentalidad del delincuente. «Los problemas no se pueden solucionar desde el nivel que se ocasionaron», enfatiza.

Culiacán tiene todo: recursos, juventud, infraestructura. Solo falta un «cambio de actitud muy serio», un manotazo en la mesa por los hijos y nietos. Si no, el flagelo persistirá, incluso si el gobierno afloja su estrategia actual —esa respuesta interinstitucional que, bien o mal, intenta contener el caos.

El mensaje culmina en un horizonte de acción: las elecciones de 2027. «Si no nos gusta esa estrategia, en el 2027 tenemos un proceso electoral donde podemos elegir la estrategia que queramos», dice Llausás.

Es una oportunidad para evaluar, decidir y redirigir el rumbo. No es un optimismo ingenuo; es una fe forjada en la adversidad, en la convicción de que la sociedad culiacanense, que ha demostrado resiliencia por décadas, puede unirse para construir un «nuevo Culiacán en el 2026». Juntos, sacando lo mejor de sí —el valor, la excelencia—, pueden darle la vuelta al destino.

En las palabras de Llausás resuena un desafío brutal pero vital: mirarnos al espejo y reconocer nuestra parte en el abismo. Es retador, sí, porque duele admitir la cobardía que nos ha llevado aquí. Pero también inspira, porque en esa conciencia elevada yace el poder de transformación. Culiacán no está condenado; solo necesita ciudadanos que dejen de ser espectadores.

Redacción Letra Roja
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El equipo de redacción de Letra Roja es un colectivo de periodistas profesionales comprometidos con el periodismo independiente, la crítica sin concesiones y la entrega de noticias veraces y oportunas sobre Sinaloa, México y el mundo.
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