Por: Raul Ross
En Sinaloa, miles de familias viven la búsqueda de uno de los suyos que no volvió a casa. La desaparición forzada dejó de ser una cifra para convertirse en una herida cotidiana en los hogares. Esta problemática es abordada a través del monólogo infantil de la compañía Intermitente Teatro, titulado Mika y su Ozo de Peluche. La obra narra la historia de Mika, una niña de nueve años que intenta encontrar a su padre desaparecido.
La puesta en escena busca visibilizar el impacto de la desaparición forzada a través de los ojos de las infancias. Sin embargo, en medio del ciclo de funciones programadas, los enfrentamientos entre grupos criminales obligaron a cancelar clases y actividades escolares, incluyendo las presentaciones previstas en algunos planteles.

La compañía teatral tenía programada una función en la Facultad de Artes Plásticas de la Universidad Autónoma de Sinaloa a finales de 2025, poco más de un año después del inicio del conflicto entre dos células delictivas en la entidad. La intención era mostrar a los estudiantes el impacto de las desapariciones forzadas, pero la violencia terminó afectando la presentación.
La coincidencia expuso una contradicción difícil de ignorar. Mientras una obra teatral intentaba reflexionar sobre las consecuencias humanas de la violencia y las ausencias que deja, la propia violencia volvió a alterar la vida cotidiana de la ciudad. La ficción ya no representaba un contexto ajeno: la realidad había irrumpido en el escenario.
La violencia entra al proceso creativo
Las afectaciones no ocurrieron únicamente el día de las funciones. En algunos casos comenzaron mucho antes: durante los ensayos, la búsqueda de espacios de trabajo y la planeación de los proyectos.
La experiencia de Intermitente Teatro permite observar esa dimensión poco visible del problema. Mientras gran parte de la discusión pública se concentra en las actividades que se cancelan o reprograman, los artistas también enfrentan dificultades para crear, ensayar y sostener procesos que pueden extenderse durante varios meses.
Durante la producción de Mika y su Ozo de Peluche, los integrantes de la compañía tuvieron que modificar constantemente sus planes de trabajo. La directora y actriz principal, Zeira Montes, recordó que el proyecto comenzó a desarrollarse al inicio del recrudecimiento de la violencia. Los ensayos se realizaban en la Casa de la Cultura de la UAS, pero cada suspensión de actividades presenciales implicaba también el cierre del espacio.
“Si mandaban las clases a virtual, la Casa de la Cultura ya no se abría, entonces ya no podíamos ensayar. Luego empezamos a ensayar en casa de una amiga, pero era lo mismo: de repente había balaceras y no nos podíamos ir o no podíamos llegar al lugar”, relató Montes.
La situación provocó retrasos en el montaje, cambios de sede y la necesidad de solicitar una prórroga para cumplir con los compromisos establecidos por el programa de apoyo que financiaba el proyecto.
Para Jorge Beltrán, encargado de la dirección artística de la compañía, el impacto no se limita a la realización de una función o a la asistencia del público. La violencia también modifica las condiciones materiales bajo las cuales se produce el arte.
“Si ahorita estamos mal socialmente, obviamente el arte, que se sirve de la cultura, también puede verse afectado y también se está viendo mermado por esta situación”, explicó.
La violencia alteró la agenda cultural e intervino en los procesos creativos, desde la selección de espacios disponibles para trabajar hasta la necesidad de replantear constantemente decisiones que, en otras circunstancias, formarían parte de la rutina de cualquier producción artística.
La ciudad reorganizó su vida cultural
Lo ocurrido con Mika y su Ozo de Peluche no fue un hecho aislado. La revisión de agendas culturales, comunicados institucionales, publicaciones oficiales y notas periodísticas difundidas entre 2024 y 2026 muestra que la violencia también modificó la manera en que se desarrollaban otras actividades artísticas en Culiacán.
Las afectaciones se manifestaron de distintas maneras. Algunos eventos fueron suspendidos ante jornadas violentas registradas en la ciudad, mientras que otros tuvieron que reprogramarse o ajustar sus condiciones de operación. En varios casos, las instituciones optaron por adelantar actividades, reducir tiempos de permanencia o adaptar la logística de sus eventos para responder a un contexto marcado por la incertidumbre.
Sin embargo, la cancelación no fue la regla. A pesar de la violencia, gran parte de la programación cultural continuó realizándose. Museos, salas de concierto, espacios escénicos y recintos culturales mantuvieron actividades abiertas al público, aunque bajo condiciones distintas a las que existían antes del recrudecimiento de la violencia en septiembre de 2024.

El académico y docente de la Universidad Autónoma de Occidente, Pedro Pablo Favela, señaló que este fenómeno no necesariamente debe interpretarse como algo excepcional y comparó lo ocurrido en Sinaloa con distintos episodios históricos.
“Violencia siempre ha existido, y tenemos escenarios históricos donde había un exceso de violencia, como las guerras mundiales. Sin embargo, seguía habiendo bibliotecas funcionando, teatro en los auditorios, orquestas, se pintaba, muchas historias. Picasso pintó en tiempos de guerra”, explicó.
Aunque la violencia alteró dinámicas cotidianas y afectó actividades específicas, no provocó una paralización absoluta de la vida cultural. Sin embargo, sí obligó a adaptarse a nuevas circunstancias.

La actividad cultural comenzó a reorganizarse. Las condiciones cambiaron, las decisiones logísticas se volvieron más complejas y la asistencia del público empezó a depender de factores que antes no formaban parte de la planeación habitual de un evento. La cultura siguió presente y su público aprendió esas nuevas reglas no escritas.
La cultura como resistencia operativa
Otra dimensión del fenómeno que ayuda a entender cómo se sostuvo parte de la actividad cultural durante el periodo de violencia es el destino de los recursos públicos.
Por medio de solicitudes de acceso a la información realizadas al Instituto Sinaloense de Cultura (ISIC), se comprobó que el presupuesto autorizado para la institución pasó de 172.7 millones de pesos en 2023 a 202.4 millones de pesos en 2026. Además del incremento presupuestal, los registros muestran la permanencia de programas que financian proyectos artísticos, festivales, agrupaciones musicales y espacios culturales en todo el estado.

Entre ellos destaca el Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA), cuyo presupuesto aumentó de 1.4 millones de pesos en 2023 a 2 millones de pesos en los años posteriores.
Los números muestran que el respaldo institucional a la cultura no disminuyó durante el periodo marcado por la violencia. Por el contrario, creció y varios programas conservaron sus recursos, entre ellos el PECDA.
De no haber sido así, proyectos artísticos como Mika y su Ozo de Peluche difícilmente habrían continuado a pesar de las dificultades. Sin embargo, el aumento presupuestal no eliminó la incertidumbre que enfrentan artistas, compañías y espacios culturales.

Los integrantes de Intermitente Teatro explicaron que continuarán desarrollando nuevos proyectos y actividades, como lo han hecho pese a las distintas dificultades que han enfrentado durante los últimos años.
Detrás de cada evento suspendido, de cada cambio de fecha o de cada ajuste de programación, existen personas que vuelven a intentarlo. Artistas que regresan a ensayar, gestores que reorganizan actividades y espacios culturales que buscan abrir nuevamente sus puertas.
Para Inna Álvarez Otañez, directora del Museo de Arte de Sinaloa, esa permanencia responde a una necesidad inherente a la condición humana.
“El arte no se puede ni detener, ni encerrar, ni minimizar”, afirmó.
Más que una actividad complementaria, lo describe como un espacio capaz de ofrecer calma, reflexión y encuentro incluso en momentos complejos.

Entre 2024 y 2026, las agendas culturales registraron cancelaciones, cambios de fecha y actividades suspendidas temporalmente. Sin embargo, durante ese mismo periodo continuaron realizándose conciertos, exposiciones, talleres, presentaciones y funciones teatrales en distintos espacios de la ciudad, incluso en los momentos de mayor incertidumbre.

La obra Mika y su Ozo de Peluche encontró nuevos escenarios. La compañía logró llenar en distintas ocasiones el Teatro Socorro Astol con funciones dirigidas a estudiantes y públicos familiares. Sin embargo, el tema de las desapariciones ha cobrado aún más relevancia debido al contexto de violencia que vive Culiacán.
Tal vez ese reflejo de la realidad ha llevado a la obra a escenarios fuera del estado. La actriz Zeira Montes anunció funciones en la Ciudad de México, programadas para agosto del presente año.
Meses después de que la violencia obligara a suspender una de sus presentaciones, Mika y su Ozo de Peluche continúa abriéndose paso en los escenarios y mostrando una realidad que sigue presente en miles de familias: la desaparición forzada.
Este trabajo fue realizado por alumnos de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Occidente, como parte de la asignatura Periodismo de Investigación.


